Los habitantes de muchas islas del Pacífico sur, consumen una gran cantidad de calorías en forma de grasa saturada, sobre todo de coco, pues emplean el aceite de este fruto para cocinar. Las dietas ricas en este tipo de grasas son muy comunes, aun así, es muy baja la incidencia de enfermedades cardiovasculares entre su población. Esto se debe, en gran medida, a la capacidad cardioprotectora de la grasa del coco.

El aceite de coco está compuesto sobre todo por ácidos grasos de cadena media saturados, que, cuando se consumen, son metabolizados rápidamente en el hígado para ser utilizados como fuente de energía. Por ello, su ingesta no está asociada a lo efectos negativos sobre el sistema cardiovascular atribuidos al consumo de grasas saturadas animales, hidrogenadas o trans.

Es muy recomendable la incorporación del coco en la dieta. En primer lugar, el sabor dulce del azúcar de coco y del coco rallado o deshidratado evita la utilización de edulcorantes refinados. Por otro lado, el coco fresco rallado y la harina de coco son una rica fuente de fibra que regula la digestión. Por último, el aceite y la leche de coco contienen grasas vegetales que aportan energía a nuestro organismo.

Además, en la medicina tradicional, el aceite de coco se usa para luchar contra microorganismos que pueden ser dañinos para la salud, como hongos, virus y bacterias. Actúa en el estómago e intestinos previniendo la irritación de la mucosa, combate el hongo causante de las úlceras orales y evita el crecimiento de una de las bacterias responsable de las caries, entre otros beneficios.

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